el único lugar en la Argentina donde se las encuentra: el bosque de cupay, un árbol de hojas caedizas que al brotar son de color cobrizo, y los pastizales de Paspalum lilloi, una gramínea que crece entre las piedras del río.
Sin duda las aves más características de las Cataratas del Iguazú son los vencejos de cascada (símbolo del Parque Nacional Iguazú) que, haciendo gala de su gran precisión, atraviesan volando los intersticios de las columnas de agua de las cataratas, para posarse sobre la pared rocosa donde reposan e incluso anidan.
En el sector de las pasarelas es frecuente encontrar grupos de coatíes, que se han vuelto muy confiados, y al tucán grande, una de las cinco especies de tucanes presentes en el Parque. En los senderos es posible observar gran cantidad y variedad de mariposas, muchas de ellas de tonos amarillos con manchas y dibujos negros. Se las ve dondequiera que se haya formado un charco, ya que absorben las sales disueltas en ellos.
Hacia el mediodía en las partes soleadas de los senderos se podrá observar las lagartijas del género Tropidurus, que aprovechan su buena adaptación para trepar troncos y piedras para subirse ágilmente a las pasarelas y escaleras.
El Parque alberga animales seriamente amenazados de extinción como el "tigre" o yaguareté, que tiene en esta zona uno de sus últimos grandes refugios en territorio argentino.
La flora arbórea del Parque Nacional Iguazú tiene más de 90 especies. Algunos de estos árboles se tornan espectaculares cuando florecen. Tal es el caso del lapacho negro que, a fines del invierno y antes de echar hojas, se cubre completamente de flores rosadas; del lapacho amarillo y del ibirá pytá, que desarrollan flores amarillas, y una especie selvática de
seibo, con flores de
color rojo-anaranjado.
En algunos sectores de este Parque Nacional se desarrolla una comunidad muy especial: la selva de palmito y palo rosa. Este último es un gigantesco árbol que puede sobrepasar los 40 metros de altura y tiene tronco recto de hasta 2 metros de diámetro. A su sombra, y a la de otros grandes árboles, crecen los palmitos, gráciles palmeras cuyos troncos terminan en un cogollo comestible altamente codiciado, cuya extracción causa la muerte de la planta.
Cultura
A lo largo de toda su visita por el Parque Nacional Iguazú y el área Cataratas, el visitante podrá percibir la marcada influencia que la cultura guaraní dejó en la región hasta nuestros días.
Las fascinantes costumbres e historia de esta etnia castigada por la conquista europea aún permanecen en esta región. Sus miembros ofrecen sus artesanías dentro del parque en su condición de primeros ocupantes de lo que ellos llaman “Tierra sin mal”.
Es que la selva es para el guaraní mucho más que su hábitat. Es un ambiente mitológico que le provee no sólo lo necesario para la vida terrenal sino también una cosmogonía especial basada en el equilibrio del hombre y la naturaleza.
Básicamente contemplativa, la religión guaraní acepta la existencia de un solo Dios: Tupá. No tenían ídolos, creían en la inmortalidad del alma y en los demonios errantes “Añaes”. Las divinidades explicaban los fenómenos de la naturaleza y de la vida. Los espíritus malignos que poblaban esta vasta región guaraní solo existían para castigar a quien depredaba la selva destruyendo sus recursos naturales.
En la mayoría de los casos pertenecía a la asociación de los espíritus divinos con el Caari Porá, alma celestial que se transformaba en jabalí para perseguir y atacar a los cazadores que buscaban riquezas de la selva sin necesidad.
Los primeros ocupantes de “La tierra sin mal”
Los Guaraníes representaban un grupo étnico semi - sedentario agricultor, ceramista, músicos y hábiles navegantes, que se dispersaron por buena parte de América del Sur.
Se caracterizaban por ser guerreros y por sus ricas costumbres y rituales, una de las más interesantes de Latinoamérica. Sus armas eran la macana, arco y la flecha, que usaban para la guerra y para cazar. Practicaban la poligamia y no había ningún tipo de contrato matrimonial. Sus viviendas eran casas muy grandes denominadas “malocas”, de forma rectangular que llegaban a medir hasta 50 metros de largo donde habitaban mas de 50 familias siempre bajo las órdenes de un jefe, formando de esta manera una gran familia
Las misiones Jesuíticas
En el año 1609, como mecanismo de dominación y explotación por parte de los españoles, se inició en esta parte de América una de las experiencias de evangelización más interesantes de la región: las misiones jesuítico-guaraníes.
Jesuitas de la Compañía de Jesús llegaron a estas tierras y lograron conformar 30 pueblos de guaraníes en los que se desarrolló un sistema reduccional inédito para la época. Este sistema protegió a los indios de las “bandeiras” esclavistas brasileñas pero al mismo tiempo preservó el idioma, construyó la primera imprenta de Latinoamérica y generó uno de los fenómenos culturales más significativos del vínculo europeo – americano.
A lo largo de 150 años, fundaron en total 30 prósperos pueblos distribuidos en los actuales países de Argentina, Brasil y Paraguay. Con una economía basada especialmente en el cultivo de la tierra, la ganadería, las actividades extractivas y las manufacturas comerciables que obedecía a un sistema mixto de propiedades comunitarias y privadas, el “tupambaé” (propiedad de Dios) y el “abambaé” (propiedad de los hombres), conociendo además las actividades de pecuaria, cultivo de la yerba mate, maíz, algodón, entre otros.
La presencia jesuítica se hizo notar en todos los órdenes de la cultura, consolidando, inclusive, el estilo barroco misional que caracterizó a la arquitectura, imaginería y arte de la época.
La leyenda de las Cataratas
Muchos años atrás, el río Iguazú era habitado por una enorme serpiente llamada Boi, era costumbre de los guaraníes sacrificar una vez por año una linda doncella, que era lanzada al río entregándola de esta forma a la serpiente.
Para esta ceremonia se invitaban a todas las tribus guaraníes hasta las que estaban más alejadas. Fue así que un día llego un joven cacique llamado Taroba, que conoció a una linda doncella llamada Naipi ya elegida para ser sacrificada, motivo que le llevo a revolucionarse contra los ancianos de la tribu e intento inútilmente convencerlo de que no la sacrificasen.
Con gran valentía la rapto en vísperas del sacrificio escapando por el río en su canoa. Enterándose de esto Boi quedo tan furioso que doblándose dividió el curso del río formando las Cataratas y prendió Taroba y Naipi.
Como castigo Boi los transformó en las árboles que hoy se ven en la parte superior de las cataratas con la cabellera de la bella Naipi como saltos de agua. Después de eso se sumergió en la Garganta del Diablo y cuida hasta hoy que los amantes nunca vuelvan a unirse... pero en los días de pleno sol, el arco iris supera el poder del mal de Boi y los vuelve a unir.
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